CAPITULO
IV
EL NOVICIADO: LOS APRENDIZAJES
La Congregación de Misioneros del Espíritu Santo nació
el 25 de diciembre de 1914 en las difíciles circunstancias
de la persecución religiosa. Los primeros novicios fueron el
Hno. Moisés Lira y el P Domingo Martínez, que comenzaron
su formación en la «Casa de los Tepalcates» , al
pie del cerrito del Tepeyac, hospedería para los peregrinos
que venían de Puebla y propiedad del Venerable Siervo de Dios,
Don Ramón Ibarra y González; después pasaron
a un segundo piso en la calle de Tacuba, en el centro de la ciudad.
Poco después el Noviciado mejoro al trasladarse a la Casa de
Campo que tenia el Arzobispo de Mexico Don José Mora y del
Río en el pueblo de Tacuba, en el piso superior de la casa
ocupada por la familia Cervantes Ibarrola. Muchos anos después,
en 1940, el P Moisés Lira recordaba como los llantos del niño
Luis, recién nacido (después R.P. Luis Cervantes Ibarrola,
M.Sp.S.) interrumpían el silencio profundo de su Noviciado.
"El P Félix, con ayuda de la familia García Sainz,
consiguió en Tlalpan una casa mucho mejor acondicionada, con
18 celdas, que tenía una gran huerta, en la calle de la Fama
No. 3, a la cual se traslado el Noviciado el 8 de septiembre de 1917".
Hoy, en ese mismo lugar esta el Hospital de Neurología de la
ciudad de Mexico.
En esos primeros anos, como fruto de la labor vocacional del Venerable
Siervo de Dios Ramón Ibarra, y de Nuestro Padre Félix,
entraron varias vocaciones, pero desgraciadamente no perseveraron;
solamente quedaba un novicio: el P Constantino Espinosa, que había
tornado el habito el 11 de junio de 1916. En 1917 profesaron el P
Domingo y el Hno. Moisés Lira. Con la nueva Casa Noviciado
de La Fama, el P Félix concibió la esperanza de formar
un grupo mas numeroso, al cual darle el espíritu de la Congregación.
Para ello, el P Félix emprendió una gira vocacional
por Puebla, Michoacán y Guanajuato, y trajo el primer grupo
ya mas formal, constituido por siete magnificas vocaciones: 3 de Morelia:
Edmundo Iturbide, Felipe Torres, y Manuel Hernández; I de Puebla:
José Ma. González, y 3 de León: Ángel
Ma. Oñate, Alfonso Pérez y Rosendo Portugal, a quien
el cambio el nombre por Benjamín.
Con ellos, el 25 de diciembre de 1917, tres años después
de la fundación, comenzó propiamente la vida de comunidad
del Noviciado, llena de fervor y de entusiasmo. La ceremonia de toma
de habito, a petición del P. Félix, la presidio el Excmo.
Sr. Dr. Emeterio Valverde, obispo de León, quien les dio los
Ejercicios preparatorios.
Había que hacerlo todo y, como quien dice, comenzar de nuevo:
el hermano Moisés Lira iba al Seminario de Mexico a recibir
sus clases de Filosofía; el P Domingo y el P Constantino, que
profeso el 15 de junio de 1918, fueron destinados por el P Félix
a la primera fundación: el templo del Espíritu Santo
en Tacubaya; el P. Domingo Martínez ayudaba en el Noviciado
al P Félix, y este se dedicaba a formar ese primer grupo, núcleo
de la Congregación incipiente, entre los que se encontraba
el Hno. Alfonso Pérez.
Con razón Regino Oñate, a quien al entrar al Noviciado
el P Félix le cambio el nombre por el de Ángel Ma.,
escribía: "Se puede casi decir que el Hno. Alfonso se
formo solo para algunas cosas, pues al llegar al Noviciado no había
quedado ningún profeso ni novicio coadjutor.”
Si siempre todo Noviciado en la vida religiosa es un aprendizaje,
las circunstancias hacían que el de La Fama fuera verdaderamente
una escuela donde había que aprender todo: que es la vida religiosa,
como es la vida de oración, la vida de comunidad, todos los
oficios y cargos que deben desempeñarse etc., etc. Es admirable
como el P Félix logro realizar en esa casita de La Fama una
verdadera vida de familia, en la que los hermanos mayores enseñaban
a los menores, y todos vivían unidos en fraternidad. iOh, que
hermoso y alegre es ver que todos los hermanos vivan unidos!
Una vez reunido aquel grupo de novicios que con tantos desvelos y
cuidados había escogido y preparado, el P. Félix se
dedico con esmerada solicitud a formarlos, consciente seguramente
de su responsabilidad y de que con ellos iba a poner los cimientos
de la Congregación. No salía de la casa sino para lo
mas indispensable: redujo su numerosa correspondencia a lo absolutamente
necesario (...)
Quería que sus novicios fueran ante todo «almas de oración»,
amantes del Padre Celestial, del Verbo Divino, del Espíritu
Santo, de la Santísima Virgen. Con suavidad y amor se esforzaba
por transformar aquellos jóvenes en hijos de la cruz, sacrificados,
abnegados por amor.
Muy delicado era en la obediencia que quería perfecta, rayana
en donación total, en docilidad perfecta, sin la menor replica,
sin manifestación alguna de descontento. Quería que
entre sus hijos reinara la mas perfecta caridad y amabilidad. Los
quería sencillos, modestos, humildes; desprendidos de las cosas
de la tierra y con miras muy sobrenaturales. Los enseñaba a
amar a la Iglesia, nuestra Madre, y a venerar a los Obispos como padres
muy amados. Quería que vivieran intensamente el espíritu
de la Liturgia (...) Estaba en todos los detalles de la formación,
aun humana, como alimentación, salud, descanso, limpieza, aseo,
etc.
De muchas maneras procuraba el P Félix inculcar este espíritu
en el alma de sus novicios: medita¬ciones, conferencias, avisos,
dirección espiritual, lecturas, etc., etc.; pero sobre todo
con su ejemplo, pues sabia que la doctrina de un maestro espiritual
es vana si el no vive lo que enseña. Repetía sin cesar
que debían ser ante todo almas de oración, y el era
el mas fiel y asiduo a la oración, el mas amante del silencio
y del recogimiento, ambiente propicio para el trato intimo con las
Divinas Personas.
Con su ejemplo heroico los impulsaba al sacrificio, mortificando su
cuerpo de todas maneras: con austeras penitencias, con el trabajo
constante, reduciendo las horas de sueno, multiplicando las pequeñas
mortificaciones, sobre todo en los alimentos, 'sellando todos sus
actos con la cruz', como solía decir, etc., etc. (...) Con
este método tan eficaz, en aquel Noviciado, pequeño
como un Cenáculo, reinaba un fervor inusitado.