Durante
el tiempo que estuve en la misma casa, su comportamiento general era
el de un persona piadosa y buena en todo el sentido de la palabra;
el era muy bromista pero a la vez serio y no recuerdo haberlo visto
nunca enojado; los ratos que tenia libres los ocupaba en arreglar
su bicicleta y, como le gustaba el béisbol, el mismo hacia
sus pelotas, las forraba y cosía sus manillas.
Recuerdo que una vez, al salir de misa y al pasar por el jardín
principal vio una flor muy bonita y le gusto mucho para regalársela
a la Sma. Virgen, y como vio que nadie lo miraba, según el,
dijo: `con Dios y Santa Maria', la corto y se fue; pero luego se dio
cuenta que lo venía siguiendo un policía y empezó
a correr para que no lo agarrara y le quitara la flor; como el corría
mas pronto, se le perdió de vista a la policía, llegando
a la casa muy fatigado. Su mama Tecla, al verlo así le pregunto
la causa y el le contó todo y sobre todo el haberse escapado
de ir a la cárcel por andarse robando las flores del jardín
para la Sma. Virgen.
También recuerdo que otra ocasión le llevó a
mi mamá, Asunción Casillas de Pérez, una pieza
de manta para que nos hiciera ropa, pues mi papá, Francisco
Pérez Larios, estaba enfermo y por lo tanto no podía
trabajar y, por lo mismo, estábamos muy pobres, al grado que
una vez mi mamá se enfermo y estaba en el suelo en un petate
y el quiso traerle una cama; pero en su casa no lo dejaron y, por
lo mismo, no pudo hacernos esa caridad. Alfonso tuvo la oportunidad
y facilidad para labrarse un porvenir en el mundo. El haber dejado
todo en esas circunstancias (para seguir la vida religiosa) es algo
que habla muy alto en su favor, pues a las perspectivas halagüeñas
prefirió, por amor a Cristo, su vocación de Hermano
Coadjutor, con voluntad decidida de convertirse, como de hecho se
convirtió, en servidor de sus hermanos hasta la muerte.
El encuentro del joven Alfonso con el Señor Don Francisco Zúñiga,
hombre piadoso del que debemos hablar un poco, fue decisivo para la
vocación de Alfonso a la Vida Religiosa.
Don Francisco Zúñiga reunía a jóvenes
piadosos para llevarlos a Dios: entre ellos estaba también
Regino Oñate, quien posteriormente entro juntamente con Alfonso
a formar parte de los Misioneros
del Espíritu Santo. Allí tomo el nombre de Ángel
y llego a ser Superior General de dicha Congregación.
Regino conoció a Alfonso en 1915, dos años antes de
que ambos siguieran al P Félix Rougier. Los hermanos Pérez
Larios para esas fechas ya habían prosperado económicamente,
y algunos de sus miembros, o habían muerto o se habían
casado. Dejemos que Regino, o sea el R Ángel Oñate,
haga memoria de aquellos días:
Conocí
a sus hermanos y hermanas, pues sus padres habían muerto para
ese ano de 1915. Sus hermanos eran: Manuel y Leonardo, y sus hermanas:
Cuca y Lupe. Manuel, el mayor, tenía una pequeña tienda
de ropa en el portal Hidalgo, y Leonardo otra del mismo genero en
la plaza de Santiago. Alfonso, el menor, trabajaba en los grandes
almacenes de ropa «La Primavera». Después puso
el también su tienda propia en la plaza del barrio.
Lo conocí en su trabajo, en « La Primavera», con
motivo de una compra de ropa. Poco después nos volvimos a encontrar
en la piadosa « Congregación de Maria Inmaculada»,
fundada por dos jóvenes muy cristianos: Roberto Ornelas y Francisco
Zúñiga, en diciembre de 1904, con motivo del 50o. Aniversario
de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción.
Estos jóvenes determinaron hacer algo en honor de la Inmaculada,
y Dios les inspiró hacer un voto
temporal renovable de castidad, y para ayudarse a cumplirlo y honrar
a Maria Santísima. Rezaban una parte del Oficio Parvo, tomaban
disciplina en común los viernes, hacían unas dos horas
de adoración ante el Santísimo los domingos en la mañana,
y en la tarde salían juntos de paseo para apartarse de malas
compañías y conversar de cosas buenas. Terminaba el
domingo con alguna sencilla merienda en común.
Cada dos o tres meses se hacia una adoración nocturna del Santísimo
Sacramento, y cada año, tres días de retiro en común,
en los días santos. Después de un tiempo de prueba,
mas o menos largo, a juicio del director, se hacia la Profesión,
o sea el voto de castidad ya dicho.
Una vez que se hubo ordenado de sacerdote Roberto Ornelas, que después
fue Canónigo y Secretario de la Mitra, la dirección
de la obra estuvo siempre a cargo de Don Francisco Zúñiga,
que no habiendo podido seguir los estudios eclesiásticos, estaba
dedicado en la Catedral al servicio de la Patrona: la Madre Santísima
de la Luz. Lo conocí cuando despachaba imágenes y medallas
en una oficina anexa a la Catedral. Después fue, hasta su muerte,
sacristán mayor de la misma Catedral. El invitaba a algunos
jóvenes a formar la pequeña Congregación. Había
seminaristas y no seminaristas.
Cuando estudiaba yo (siendo seminarista) el primer ano de Filosofía,
en 1915, en los anexos tan amplios de la Catedral de León,
pues la Revolución nos había despojado de nuestro seminario,
buen edificio en la plaza principal, me invito «Pachito»,
así le decía todo mundo, a su Congregación. Allí
me encontré a Alfonso y a Leonardo Pérez.
Alfonso y su hermano eran los que erogaban los pequeños gastos
de la «Comunidad», como la Ilamaba Pachito. Los demás
cofrades éramos, o pobres seminaristas, o gente humilde, como
zapateros, etc., pero piadosos. Los Pérez pagaban la cera que
se gastaba en las adoraciones, la merienda de los domingos y los refrescos
en los días de «Toma de Habito o de Profesión».
Era Alfonso muy asiduo a las adoraciones del domingo y a las de noche,
y era de los que mas tiempo se quedaban con el Santísimo. Era
una familia excepcional por su piedad y buenas costumbres: nunca les
conocí novia a estos dos Pérez. Eran muy modestos y
ejemplares, dedicados a su trabajo, a su familia y a la piedad. Una
familia chapada a la antigua.
Alfonso Pérez no fumaba. Cuando le ofrecíamos algún
cigarrillo los que éramos «del oficio», en los
días de retiro o en las fiestas, a veces por amabilidad aceptaba,
pero se notaba luego que no sabia fumar ni le gustaba. Era desde entonces
moderado y parco en tomar los alimentos. Eso si, le gustaban las cosas
muy calientes, y las tomaba sin que al parecer le molestaran.22
Enrique Jaso López, otro de los de la cofradía de Don
Francisco Zúñiga, tiene también sus recuerdos
acerca de Alfonso a quien conoció a fines de 1914 o principios
de 1915. Nos dice:
Yo
conocí a Alfonso en las velaciones al Santísimo que
el Sr. Francisco Zúñiga (Pachito) disponía periódicamente.
Su trato con los sacerdotes era sumamente respetuoso. Con los hermanos
afable y cariñoso, pero con cierto respeto. Con los señores
afectuoso con algo de seriedad. Con las señoras muy atento,
con respeto. Con las señoritas con amabilidad respetuosa. Con
los ancianos comprensivo y cariñoso. Con los niños complaciente
y hasta cierto punto alegre.
Se distinguió siempre por su acendrada piedad y carácter
inalterable en todas las situaciones.
Me parece que su virtud principal fue el amor y recogimiento que demostraba
ante el Santísimo; además su humildad. En las velaciones
nocturnas siempre me edifico por el fervor (cuando llegué a
verlo, estando nuestras horas de velación próximas)
y la obediencia a las indicaciones de Pachito Zúñiga.