CAPITULO XI
ENFERMEDADES Y SANTA MUERTE
Desde que Alfonso entro a la Congregación tuvo, generalmente,
buena salud, y cuando tenía alguna pequeña molestia la
disimulaba y habitualmente nada decía sobre ella; sin embargo,
sabemos de algunas de sus enfermedades a lo largo de su vida: el 1o
de mayo de 1932, estando en Roma, le escribe al Padre Félix:
"Hoy hace ocho días que, no se como, al irme a acostar me
senté un poco torcido en la silla para desvestirme, y luego sentí
un pequeño dolor, pero no me preocupo, pero siguió aumentando
al grado de no poder levantarme, sino con mucho trabajo"; continua
la carta diciendo a Nuestro Padre como ofrecía estos dolores
con todo el corazón a la primera Persona para ser victima y así
cumplir su santísima Voluntad. En las siguientes cartas le informa
el Hno. Alfonso que ya esta mejor, que había sido algo sin consecuencia.
Nos preguntamos: ¿No seria entonces el principio de Ia desviación
de su columna vertebral?
Alfonso
siguió trabajando como si nada. Vino a México, ayudo en
todas las residencias en donde estuvo y tenemos una segunda noticia
acerca de su salud en 1947 cuando estaba en el Escolasticado de Coyoacán
en Fernández Leal. En esta ocasión tuvieron que internarlo
en el Hospital "pues necesitaba una operación desde hacia
mucho, y por no dar molestia había dejado pasar tiempo".
Fue el Hermano Eduardo García quien proporciono estos datos,
pues tuvo que irlo a sustituir en la cocina.
En 1946 o 1947 le comenzó una llaga varicosa que le hacia difícil
cumplir con sus cargos, sobre todo ir a comprar la mercancía
a la Merced. Desde 1948 empezó a sufrir por la desviación
de las vértebras dorsales y lumbares; pero Alfonso seguía
trabajando normalmente, hasta que en 1954 los Superiores lo descar¬garon
del trabajo de la cocina sustituyéndolo por las Religiosas Oblatas
de Jesús Sacerdote. En abril de 1954 to cambiaron a Morelia,
donde duro mas de un año; en noviembre de 1955 se recrudeció
el mal de su espina dorsal y fue enviado a la residencia de Durango.
En esta nueva residencia el Hermano siguió trabajando en todo
lo que podía, y viendo las necesidades del Templo para el esplendor
del culto, aun con sus limitaciones, cargaba jarrones, etc. Cuando ya
estaba prácticamente inútil por la desviación de
la columna y las varices, los Superiores lo trasladaron a la ciudad
de México, a la residencia del Pedregal, para que pudiera contar
con los auxilios médicos de excelentes doctores.
En los primeros meses de 1959 el doctor Rafael Saenz Arroyo lo tomo
bajo su responsabilidad atendiendo cuidadosamente su quebrantada salud
durante cerca de 5 años. Escribe:
Sin
duda fue muy significativa la actitud de conformidad que tuvo para con
dos padecimientos que sufrió, particularmente en las fases de
agudización: una artritis reumatoide y una gran hernia diafragmática;
durante las épocas de mayor sufrimiento nunca escuche alguna
queja ni protesta del Hermano. Sin duda fue una vida ejemplar... Durante
algunas fases agudas de su enfermedad parecía acercarse mas a
Dios en la oración.
La
salud del Hermano fue minándose mas y mas. El P Luis Cervantes
lo atendía con paternal solicitud. Tuvo la gran delicadeza de
pedir al Santo Padre una bendición especial para el Hermano enfermo;
el telegrama dice así: "Augusto Pontífice, invocando
celestiales consuelos que conforten en su dolorosa prueba Hermano Alfonso
Pérez, otórgale en testimonio benevolencia implorada bendición
apostólica. Cardenal Cicognani. 12 Febrero 1965."
Como el mal seguía adelante, deseando que tuviera mayor atención,
el P. Luis Cervantes lo llevo al Noviciado a pasar allí una temporada,
pero el mal no cedía. Durante este tiempo los novicios quisieron
ir a conocer el antiguo Noviciado de La Fama, e invitaron al Hermano
a que fuera, a pesar de su delicada salud.
Nos
acompañó para enseñarnos y explicarnos la Casa
de La Fama, donde fue el Noviciado en tiempo de Nuestro Padre. El novicio
que describe esta visita prosigue: Anote que hablaba con toda sencillez
y con seguridad de lo que decía. Nos edifico mucho porque estando
ya sin poder caminar, no quiso que lo lleváramos en coche. Dijo
que todavía podía caminar. A mi me daba Lástima,
porque estaba bastante jorobadito. Se iba deteniendo con un bordón,
y al pasar en unos escalones no quiso que le ayudáramos y bajo
bastante rápido. Apenas levantaba la cabeza para vernos. Note
que tenía el Espíritu de sacrificio, de oración
y de humildad.
Después de una corta estancia en el Noviciado regreso el Hermano
al Pedregal, donde siguió cumpliendo normalmente con sus trabajos
en la iglesia, que estaba en construcción: recogía la
limosna, arreglaba lo necesario de la sacristía, oía muchas
Misas, atendía en el desayuno a los Padres que iban a celebrar,
etc.
Un buen día fue el P. José Guzmán a celebrar...
mas tarde expreso así sus recuerdos:
Como signo de abnegación y olvido propio, citare lo que me aconteció
con el pocos días antes de su muerte. Sabiendo él que
yo tenía algunos conocimientos de medicina, me dijo: `Padre,
quisiera que Ud. me diera un consejo a ver que hago, porque tengo unas
llaguitas en las piernas que me duelen un poco'. Fuimos a su recamara
y cuando se levanto un poco el pantalón me quede espantado al
ver aquellas Ilagas que eran horribles varices casi gangrenadas; en
tales condiciones seguía el heroicamente el reglamento religioso
y prestaba sus servicios como sacristán sin quejarse y sin pedir
para si mismo consideración alguna.
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