Mayo 2007
| Hno.
Alfonso Pérez Larios - Biografía |
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Los
tiempos libres que tenía los empleaba el Hermano en visitar
al Santísimo, en dar catecismo a los niños y a las sirvientas;
para todos tenía una sonrisa y un signo de alegría. En cuanto a lo que me dice V.R. del Hno. Alfonso (escribía el R Quezada al R General), que realmente ya esta bastante mal, le hable tratando de saber si quisiera ir a alguna otra parte en donde pudiera sentirse mejor... Se nos ocurrió que podría ser en León, pues allí van doctores, hay dispensario medico y la casa es bastante cómoda, aunque ya me dirá V.R. acerca de esto que se podría hacer. Los
Superiores Mayores pensaron que mas bien convendría que el
Hermano viniera a la ciudad de México, donde hay óptimos
médicos; lo destinaron a la Casa de La Santa Cruz del Pedregal
que estaba en vías de establecerse, y lo confiaron a la exquisita
caridad del R.P Luis Cervantes, M.Sp.S. encargado de dicha fundación. Tuve
la fortuna de conocerle y tratarle por espacio de dos años.
En ese tiempo, (calculo que habrá sido por los años
1962-1963), me admiró siempre sus sencillez, bondad, y fundamentalmente
el hecho de que, cuantas veces visitaba yo la Capilla que existía
y aun existe anexa a la Iglesia de la Santa Cruz, ubicada en el fraccionamiento
jardines del Pedregal de San Ángel, me encontraba al Hermano
Alfonso en permanente contemplación y adoración del
Santísimo Sacramento. Me admiraba esa sólida piedad
que de la manera mas natural era edificante para todos los feligreses
que acudíamos a esa capilla. El P Luis Cervantes durante ese tiempo trabajaba por conseguir bienhechores, pero principalmente por el bien espiritual de los futuros feligreses de la Parroquia que aun estaba en construcción; los domingos eran días difíciles para el, pues tenía que buscar sacerdotes que le ayudaran en las Misas para la atención de los feligreses: muchos sacerdotes diocesanos y Misioneros del Espíritu Santo acudíamos a los telefonazos del R Luis que pedía auxilio; yo recuerdo que alguna vez fui a celebrar en el Pedregal y me encontré al Hno. Alfonso, quien con mucha simplicidad y naturalidad me atendía. Transcribiré los testimonios de dos Misioneros del Espíritu Santo que acudían con mayor frecuencia. El P Alcalá: En
los años 1963 y 1964, cuando el estaba ya muy achacoso y enfermo,
me tocó con frecuencia ir al Pedregal a decir la Misa de 8:00
p.m. y puedo decir que entonces fue cuando mas me edificaba. Su actitud
de oración y de fervor al oír la Santa Misa era de una
grande edificación para los fieles, y sobre todo para mi, que
siempre estime como una gracia la asistencia del hermano a mi Misa.
Me admiraba también la paciencia en sus sufrimientos cuando,
todo encorvado, pasaba al refectorio y tomaba sus alimentos. En una
ocasión recuerdo con que Santa indiferencia soporto la falta
de una medicina que se le había acabado hacia tiempo y todavía
no se la habían repuesto. El P Alfredo Güémez: Yo
lo conocí muchos años después. Era un hombre
acabado. Los años habían dejado en el su huella, la
huella del hacha en el tronco que va a caer. Era alegre. Sus ojos
y su sonrisa eran de niño, como su alma. Su cuerpo estaba gastado,
se iba consumiendo al servicio de Dios y al servicio de sus hermanos.
Era un hombre de Dios. En la Iglesia se le veía en su centro.
Los domingos en la Parroquia del Pedregal asistía, muy cercano,
en su reclinatorio, encorvado casi, a nueve misas; 'el Hermano ganchito',
le decían. Su columna vertebral lo traicionaba, lo inclinaba
a tierra mientras su alma se elevaba, se elevaba... hasta perderse.
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