CAPITULO XV

Hno. Alfonso Pérez Larios - Biografía
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En la Casa de Fernández Leal la salud del Hno. Alfonso se resintió por el trabajo: sufría de una hernia y hubo necesidad de operarlo. Gracias a Dios la intervención quirúrgica fue muy buena, y al volver a casa los Superiores lo cuidaron con mucho cariño. El Hno. Eduardo García, M.Sp.S., que vino a sustituirlo por una temporada, nos dice:


En 1947 estuve en la Casa de Estudios, y entre a trabajar en la cocina para que (el Hno. Alfonso), se internara en el hospital, pues necesitaba una operación desde hacia mucho, y por no dar molestia, había dejado pasar tiempo: supimos que en el hospital edifico mucho a doctores, y enfermeras con su paciencia, obediencia y manifestaciones de gratitud. Cuando regreso a casa, quería luego tomar su trabajo, pero obedeció con docilidad a las indicaciones del P Joaquín Madrigal, Superior de la Casa.
Se apeno mucho cuando le dijeron que no iría por su propio pie a la capilla, pues estaba esta en el tercer piso: algunos días lo subimos en silla de manos para que pudiera oír la Santa Misa, pero el se apenaba mucho, pues no quería dar molestias a nadie. Cuando le permitieron, volvió a su trabajo en la cocina.
Un día, a la hora de la comida, mande a un Padre un plato con huevos estrellados, según me había indicado como podía comerlos, pero me regreso el platillo igual diciendo que así no los podía comer. Me apené, pues en el momento no tenía yo más; pero el Hno. Alfonso se dio cuenta y me dijo: 'no se apure, ya vera como silos quiere', y tomo el plato, se fue al comedor diciéndole: `Padre, aquí están como Ud. los quiere.' Contesto el Padre: `¡Que distinto! así es como yo los quiero.' Yo quede tranquilo y agradecido con el Hermano que me saco de aquel apuro.

Cada año el Hno. Alfonso acompañaba a los estudiantes a las vacaciones que pasaban en Valle de Bravo: allí las personas del lugar atendían la cocina, el lavado de ropa de los estudiantes, etc. Oficialmente el Hno. Alfonso tenía que descansar; sin embargo él estaba atento a la necesidades de los estudiantes y a que todo marchara bien. Su amor por los animales se extendía ya, no solamente al Malacara, (era un perro corriente; le gustaba entrar a la casa y a veces recibía puntapiés de los estudiantes), sino también a los demás animales del Valle de Bravo: pájaros, el ganado, etc., etc.
El sobrenombre de «El Padre Santo» con que los estudiantes apodaron a Alfonso, se hizo tan común entre ellos, que algunos nuevos que llegaban a la Casa de Estudios procedentes del Noviciado o del magisterio en las Escuelas Apostólicas, ignoraban el nombre del Hermano, y solo lo conocían por su sobrenombre.
Las generaciones de sacerdotes que estuvieron con el Hno. Alfonso en la Casa de Estudios durante estos 10 años, tienen un gran concepto de la virtud del Hermano. Recuerdan todos que en multitud de detalles encontraron en él ayuda, consuelo y entusiasmo. En efecto, cuando se daba cuenta de que un estudiante tenía problema en su vocación, en sus estudios, en su afectividad, iba a buscarlo y a hacerle algún pequeño servicio que lo hiciera sentirse apoyado. Tal vez muchos pudieron llegar al sacerdocio por la caridad del Hermano y por sus oraciones y sacrificios en favor de sus vocaciones.
Esta entrega a los estudiantes, ¡y vaya que entregarse a los estudiantes es heroico!, fue siempre continua y nunca desmentida. De esto son testigos todos: Superiores, profesores, estudiantes y amigos de la casa: aunque la salud del Hermano se iba resintiendo, en nada disminuía su observancia religiosa; convencido de que su vida consistía en ser victima por amor para la gloria de Dios en la santificación de los estudiantes, su oración era constante, su caridad fraterna admirable.
Desde 1948, estando todavía en Fernández Leal, comenzó a surgir una desviación de las vértebras en la parte dorsal y lumbar de la columna, en forma de "S" muy marcada, esto añadido a una llaga varicosa que desde 1946 o 1947 le molestó, le hacía muy difícil el cargar los alimentos que traía de la Merced, y cada vez encontraba más difícil hacerlo.
El Hno. Salvador Palomino estuvo una temporada en la Casa de Estudios del Altillo en 1954, y recuerda como los Superiores para que descansara de sus piernas adoloridas, consiguieron que las Oblatas de Jesús Sacerdote se encargaran de la cocina en lugar del Hno. Alfonso. Este agradeció a los Superiores la delicadeza, pero se sentía muy mal de estar ya sin el trabajo de la cocina, en la que ayudaba todavía en lo que podía. Para llenar su tiempo, y por celo en favor de los demás, reunió un grupo de niños a los que daba catecismo.
Los Superiores, vigilando su salud por una parte, y queriendo por otra cumplir los deseos del Hermano, que deseaba tener más trabajo, lo cambiaron a la residencia de Morelia.

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