En
la Casa de Fernández Leal la salud del Hno. Alfonso se resintió
por el trabajo: sufría de una hernia y hubo necesidad de operarlo.
Gracias a Dios la intervención quirúrgica fue muy buena,
y al volver a casa los Superiores lo cuidaron con mucho cariño.
El Hno. Eduardo García, M.Sp.S., que vino a sustituirlo por
una temporada, nos dice:
En
1947 estuve en la Casa de Estudios, y entre a trabajar en la cocina
para que (el Hno. Alfonso), se internara en el hospital, pues necesitaba
una operación desde hacia mucho, y por no dar molestia, había
dejado pasar tiempo: supimos que en el hospital edifico mucho a doctores,
y enfermeras con su paciencia, obediencia y manifestaciones de gratitud.
Cuando regreso a casa, quería luego tomar su trabajo, pero
obedeció con docilidad a las indicaciones del P Joaquín
Madrigal, Superior de la Casa.
Se apeno mucho cuando le dijeron que no iría por su propio
pie a la capilla, pues estaba esta en el tercer piso: algunos días
lo subimos en silla de manos para que pudiera oír la Santa
Misa, pero el se apenaba mucho, pues no quería dar molestias
a nadie. Cuando le permitieron, volvió a su trabajo en la cocina.
Un día, a la hora de la comida, mande a un Padre un plato con
huevos estrellados, según me había indicado como podía
comerlos, pero me regreso el platillo igual diciendo que así
no los podía comer. Me apené, pues en el momento no
tenía yo más; pero el Hno. Alfonso se dio cuenta y me
dijo: 'no se apure, ya vera como silos quiere', y tomo el plato, se
fue al comedor diciéndole: `Padre, aquí están
como Ud. los quiere.' Contesto el Padre: `¡Que distinto! así
es como yo los quiero.' Yo quede tranquilo y agradecido con el Hermano
que me saco de aquel apuro.
Cada año el Hno. Alfonso acompañaba a los estudiantes
a las vacaciones que pasaban en Valle de Bravo: allí las personas
del lugar atendían la cocina, el lavado de ropa de los estudiantes,
etc. Oficialmente el Hno. Alfonso tenía que descansar; sin
embargo él estaba atento a la necesidades de los estudiantes
y a que todo marchara bien. Su amor por los animales se extendía
ya, no solamente al Malacara, (era un perro corriente; le gustaba
entrar a la casa y a veces recibía puntapiés de los
estudiantes), sino también a los demás animales del
Valle de Bravo: pájaros, el ganado, etc., etc.
El sobrenombre de «El Padre Santo» con que los estudiantes
apodaron a Alfonso, se hizo tan común entre ellos, que algunos
nuevos que llegaban a la Casa de Estudios procedentes del Noviciado
o del magisterio en las Escuelas Apostólicas, ignoraban el
nombre del Hermano, y solo lo conocían por su sobrenombre.
Las generaciones de sacerdotes que estuvieron con el Hno. Alfonso
en la Casa de Estudios durante estos 10 años, tienen un gran
concepto de la virtud del Hermano. Recuerdan todos que en multitud
de detalles encontraron en él ayuda, consuelo y entusiasmo.
En efecto, cuando se daba cuenta de que un estudiante tenía
problema en su vocación, en sus estudios, en su afectividad,
iba a buscarlo y a hacerle algún pequeño servicio que
lo hiciera sentirse apoyado. Tal vez muchos pudieron llegar al sacerdocio
por la caridad del Hermano y por sus oraciones y sacrificios en favor
de sus vocaciones.
Esta entrega a los estudiantes, ¡y vaya que entregarse a los
estudiantes es heroico!, fue siempre continua y nunca desmentida.
De esto son testigos todos: Superiores, profesores, estudiantes y
amigos de la casa: aunque la salud del Hermano se iba resintiendo,
en nada disminuía su observancia religiosa; convencido de que
su vida consistía en ser victima por amor para la gloria de
Dios en la santificación de los estudiantes, su oración
era constante, su caridad fraterna admirable.
Desde 1948, estando todavía en Fernández Leal, comenzó
a surgir una desviación de las vértebras en la parte
dorsal y lumbar de la columna, en forma de "S" muy marcada,
esto añadido a una llaga varicosa que desde 1946 o 1947 le
molestó, le hacía muy difícil el cargar los alimentos
que traía de la Merced, y cada vez encontraba más difícil
hacerlo.
El Hno. Salvador Palomino estuvo una temporada en la Casa de Estudios
del Altillo en 1954, y recuerda como los Superiores para que descansara
de sus piernas adoloridas, consiguieron que las Oblatas de Jesús
Sacerdote se encargaran de la cocina en lugar del Hno. Alfonso. Este
agradeció a los Superiores la delicadeza, pero se sentía
muy mal de estar ya sin el trabajo de la cocina, en la que ayudaba
todavía en lo que podía. Para llenar su tiempo, y por
celo en favor de los demás, reunió un grupo de niños
a los que daba catecismo.
Los Superiores, vigilando su salud por una parte, y queriendo por
otra cumplir los deseos del Hermano, que deseaba tener más
trabajo, lo cambiaron a la residencia de Morelia.
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