CAPITULO
II
17
DE DICIEMBRE DE 1934.-En Tlalpan, recogido en un "chalet",
el Padre Félix da gracias al "Padre amadísimo".
Es su cumpleaños; aniversario de diamante: 75 años.
En Morelia, ese mismo día, cinco niños se despiden de
sus padres en la estación del ferrocarril. Van a Tlalpan, a
la Escuela Apostólica de los Misioneros del Espíritu
Santo. El Padre Félix la había abierto el año
1919, en la luminosa fiesta de la Inmaculada, 8 de diciembre.
El buen
Padre Vicente Méndez, que pertenecía a las primeras
generaciones de Misioneros, ha cultivado con esmero a esas cinco vocaciones
en su numeroso grupo de acólitos del templo de La Cruz.
Las lágrimas del adiós pronto se convierten en sonrisas.
No es precisamente por efecto de la ligereza infantil, aunque haya
una buena dosis de ella. Es la alegría de dejar padre y madre,
casa y parientes por seguir al Señor. Es el Gozo, con mayúscula,
que es fruto del Espíritu Santo.
El viaje es largo, pero el paisaje nuevo, bello, interesante. Por
eso cuando al fin, ya de noche, llegan a México, los chiquillos
llevan en sus caras las huellas del humo que la maquina despedía
en su fatigosa ascensión al Valle de México. Los cinco
presuntos Misioneros han persistido asomados a la ventana, con los
consiguientes efectos. Estación Colonia. Es de noche.
Vamos a Tlalpan. Esta lejos, muy lejos.
Por fin llegamos. Es una gran casa. En un amplio recibidor hay cinco
camas. Al fondo, en una habitación, quedara el P. Vicente.
Ya estamos en la Escuela Apostólica. ¡Que emoción!
En la Capilla, Cristo recibe a los cinco muchachos, sonriente en su
Sagrario. Y arriba, entre nubes, hay una estrella: la estrella que
hay que mirar para llegar a Cristo sin perderse: LA INMACULADA.
El Padre Félix la puso ahí. Antes que casa, antes que
profesores, antes que alumnos, lo primero de todo, adquirió
esa pura y sonriente Inmaculada. Cuando la tuvo, pensó que
ya estaba fundada la Escuela Apostólica.
En cuanto a nosotros, que habíamos dejado nuestra casa, padres
y hermanos, empezamos a recibir, ¡como no!, el ciento por uno:
un calido y misterioso Sagrario y una presencia maternal insospechada:
María, la Inmaculada. Nos vamos a dormir felices, hasta que
Dios amanezca.
Al día siguiente, todos los apostólicos se enteran de
que han llegado "los nuevos". Pero casi no los ven, porque
hay que hacer dos visitas inaplazables: la Virgen de Guadalupe y Nuestro
Padre.
Como Nuestro Padre vive en Tlalpan, vamos a verlo enseguida. Vive
en la calle de Hidalgo, a un costado de la vetusta Parroquia, en "el
chalet". El chalet es eso: una alegre casita, con su jardín
al frente.
Ahí volví a encontrar al Padre Félix. Ya es para
los cinco "Nuestro Padre". Ya estamos con el: aquel hombre
robusto de cuerpo y suave, muy suave de alma, se ha convertido en
un anciano. Doblegado, dirá un día Mons. Martínez,
más por el peso de su fecundidad asombrosa, que par las enfermedades
y los años.
Doblegado, si, y doblado en su bondad, en su santidad. Ahí
esta, mirando bajo sus pobladas cejas a sus nuevos hijos, con, esa
mirada dulce y profunda que ha dejado una huella imborrable en el
alma de todo el que la recibió.
Ahí esta, sonriendo, como siempre. Si: es de veras, NUESTRO
PADRE. No hay mejor palabra para definirlo.
Salimos radiantes y emprendemos la travesía de toda la gran
ciudad, para llegarnos a "La Villa" y mirar, con ojos asombrados
y corazón anhelante, a la Virgen que se hizo mexicana y se
estampo en un ayate.