CAPITULO
I
MI COLEGIO
ENERO DE 1930.-Una casa moreliana de piedra como todas las de la Morelia
antigua, calle de Pino Suárez. En ella acaba de abrirse el
Colegio Motolinia, lo dirige un grupo de "señoritas".
Son excelentes maestras, que, reunidas por el Padre Félix,
formarían mas tarde bajo su dirección, la Congregación
Religiosa de Hijas del Espíritu Santo.
En la tradición viva de la Comunidad, se recuerda el siguiente
hecho: Las inscripciones se abrieron, pero no venían niños
a inscribirse. Pasa el tiempo. Las clases deben comenzar, pero no
hay alumnos. Entonces las buenas hermanas toman el libro de inscripciones
y escriben resueltamente:
Nº
1. EL NIÑO JESÚS.
Enseguida empezaron a venir los niños al Colegio.
A mis padres les llegó la noticia de aquel nuevo Colegio. Eran
tiempos muy difíciles para la educación católica.
El Gobierno de México, perseguía con saña a la
Iglesia y particularmente sus centros educativos.
Mis padres se apresuraron, pues, a llevarme al Colegio
Motolinia y ahí quede yo, uno de los primeros inscritos con
mis seis años de edad.
Entre juegos y carreras fueron entrando las primeras letras en mi
infantil cabeza. El Padre Félix desde Tlalpan, seguía
atento la marcha de su obra. Pensaba en el nuevo Colegio de Morelia.
Y un día, se presento ahí, alto, robusto, amable y bueno.
Así lo vi en aquel 1930, a mis seis años de edad.
Estuvo con nosotros. ¿Que nos dijo? No se decirlo yo, pero
si esta su figura presente en mi memoria: hombre en plenitud, bondad,
de tan humana, sobrehumana, un hombre fuera de lo común: un
Santo y un Santo atractivo.
Admirable, imponente, pero no aplastante, hombre de Dios. PADRE.