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LA
CRUZ QUE LE FALTABA A CRISTO
-Manuel, yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del espíritu
Santo. Mamá, todavía de riguroso luto, tomó al
niño en brazos. Que bonito esta, Dios te lo haga santo, Concha.
Mi tercer hijo había nacido el 28 de enero de 1889 al toque del
Ángelus. A esa misma hora murió el padre José Camacho.
Tan luego como lo supe, ofrecí mi hijo, a Dios para que sustituyera
al sacerdote que había muerto. Dios me tomaría la palabra.
El año empieza bien, decía Pancho que estaba felíz
con el niño..
Entonces vivíamos en el costado poniente de la Plazuela de San
Juan de Dios (hoy, calle de Escobedo), el escenario constante de nuestras
alegrías y tristezas. ahí íbamos a corretear cuando
éramos niños, papa se sentaba en una banca en gustosa
platica con sus amigos hasta que llegaba la hora de la merienda y el
lejaño, iluminado reloj de catedral daba las ocho.
En el mes de julio, el señor obispo Montes de Oca invito al padre
José Antonio Plancarte y Labastida para que diera ejercicios
a las Hijas de María en el Colegio del Sagrado Corazón
que, desde su fundación, ocupaba una parte del antiguo convento
del Carmen.
El señor obispo estimaba como a un hermaño al padre Plancarte,
a quien familiarmente llamaba Toncho, pues desde muy jóvenes
habían sido condiscípulos en el Colegio de Santa María
de Ascott en Inglaterra y luego en el Colegio Romano y en la Academia
de Nobles Eclesiásticos de Roma. Cuando el señor Montes
de Oca celebro su primera misa, el seminarista José Antonio le
sirvió de acolito y cuando dos años después, en
1865, este canto su primer misa, el padre Montes de Oca fue el padrino
o presbítero asistente. Por eso lo nombraría canónigo
honorario de la catedral potosina.
-No dejen de asistir a los ejercicios, nos invitaban las Damas del Sagrado
Corazón. El padre Plancarte es un gran orador, dicen que a veces
predica hasta quince sermones en un mismo día. Cuando fue párroco
de Jacona, cerca de Zamora, fue misionero infatigable, implanto sistemas
europeos para la educación de la juventud en los colegios que
el mismo estableció, construyo el ferrocarril entre Zamora y
Jacona, cuyos vagones fueron traídos de Inglaterra. Fundo la
primera congregación mexicana de religiosas, las Hijas de María
Inmaculada de Guadalupe, consagradas a la educación cristiana.
Envió a los primeros seminaristas mexicanos al Colegio Pío
Latino-Americano de Roma y desde 1886, hacia tres años, se ocupaba
en construir el Templo Expiatorio Nacional de San Felipe de Jesús,
en la ciudad de México, así como en restaurar la Colegiata
de Nuestra señora de Guadalupe en el Tepeyac y promover su coronación
pontificia.
Fueron los primeros ejercicios espirituales que oí en forma,
aunque no pude hacerlos como interna, ya que tenia que entrar y salir
para no dejar solos a los niños. No se como ponderar lo que llamaron
mi atención y movieron mi alma. Tomaba nota de cuanto decía
el padre Plancarte, que siguió el plan de los ejercicios de San
Ignacio. Uno de estos días en que me preparaba con toda mi alma
a lo que el Señor quisiera, escuche claro en el fondo de mi alma
sin poder dudarlo, estas palabras que me asombraron: Tu misión
es la de salvar almas. Yo no entendía como podía ser esto.
Me pareció tan raro y tan imposible. Pensé que esto seria
que me sacrificara en favor de mi marido, hijos y criados. Mas tarde
el Señor se encargaría de aclararme poco a poco estas
palabras que encerraban mi vocación al apostolado.
Días después en el mes de agosto, me fui con mis hijos
a pasar una temporada en Jesús María. A la entrada de
la casa grande, dos escalinatas de piedra desembocan en una pequeña
terraza sobre tres arcos, luego el patio con sus corredores también
sobre arcos, las vastas habitaciones enladrilladas, las canales musgosas,
una bugambilia trepando los muros, salpicando la mañana de color
morado. Rumbo a las caballerizas, hay otra terraza con barandales de
fierro desde donde yo miraba como los peones marcaban a los caballos
con hierros ardiendo.
Sobre el albardón, en aquel manso caballo retinto que era el
mió, paseaba bordeando los sembrados, una mano en el freno y
la otra sosteniendo a alguno de los niños que llevaba al campo.
Aquellas tierras esponjosas que amarillaban de flores en tiempos de
aguas, al fondo los cerros de caprichosas ondulaciones, el silencio
del valle, el paso de la locomotora que dejaba un fugaz penacho de humo.
Me gustaba caminar a solas por la huerta bendiciendo las maravillas
de Nuestro Señor. Un día sentí deseos de llamarlo
para que me acompañara. El se digno oírme, porque sentí
su presencia y, a medida que yo caminaba, me parecía claro que
estaba junto a mi. Me puse a platicarle y sentí como si me aconsejara
esto: Que lo llamara siempre y con mucha confianza y, para que me enseñara
a andar todo el día en su presencia, lo considerara desde la
mañana como un amigo.
Con deseos de comunicar aquel fuego de mis ejercicios espirituales,
se me ocurrió repetirlos a mi manera a las mujeres de la hacienda.
Octaviano anduvo de casa en casa invitándolas; se reunieron 57.
Ahí en la capilla de muros encalados, el Crucifijo sangrante
en el altar, la pila de agua bendita, la espadaña con tres campanas,
ahí me sentaba en medio de aquellas buenas mujeres envueltas
en sus rebozos, tan atentas a cuanto yo les decía, que algunas
lloraban y otras hasta querían confesarme sus pecados. Doña
Conchita, déjeme decirle todo lo que he ofendido a Dios. Yo me
sentía felíz hablándoles de Jesús y la Virgen;
cortos se hicieron aquellos seis días que terminaron con una
comunión fervorosa.
Después de tres hijos varones, yo quería que Dios me diera
una niña y no tantos hombres. Pancho también lo deseaba
vivamente. El 29 de septiembre de 1890 nació la niña.
El señor obispo Montes de Oca la bautizo en su oratorio imponiéndole
el nombre de María de la Concepción. Desde el primer momento,
mi esposo y yo la amamos con una ternura especial. La consagre a Dios
con todo mi corazón pidiéndole que fuera únicamente
suya. Dios así me lo concedería.
Del año de 1891 conservo este recuerdo. Siempre me atrajo la
imagen de Jesús Crucificado. No se que tiene el Crucifijo para
mi. Un día pensé comprar uno, entre mas grande mejor,
para traerlo conmigo día y noche. Fui a las mercerías
donde me enseñaron varios, pero sin cruz. ¿Comprare uno
de estos Cristos sin cruz y luego buscare quien se la haga? Así,
así como esta me gusta mas, porque yo quiero ser una cruz, desde
este momento yo soy la cruz que le faltaba a Cristo, y me lo colgué
al cuello debajo de la ropa.
Desde los primeros días de enero de 1893, se desató en
la ciudad una epidemia de tifo que a todos los potosinos nos llenó
de consternación. No se hablaba mas que de contagios y muertes.
Y aunque desde un principio se formó una Junta Auxiliar de Salubridad,
la epidemia tomó incremento en marzo, en que aumentaron las defunciones.
Precisamente el día 10, victima del tifo, murió mi hijo
Carlos, que tenia seis años. Bendito sea Dios. Era un niño
inteligente, vivo, sagaz.
Nunca había sentido yo un dolor como este, terrible, desgarrador.
No hay otro dolor en el mundo ni mas grande ni mas tierno. Perder un
hijo. En medio de sus sufrimientos y aquellas curaciones bárbaras
que le practicaban, Carlos repetía: Hágase tu voluntad
así en la tierra como en el cielo. No me separe de él
las setenta horas que tuvo de agonía alentándolo con mis
oraciones y mi amor de madre. cerré sus ojos, lo vestí
de jesuita con una sotana negra y un roquete, le puse una azucena en
sus manitas. después de rezarle, después de besarlo mil
veces, me costó un supremo esfuerzo arrancarme de su lado.
Mi esposo tuvo que pedir dinero prestado para el entierro, pues con
la clausura de la Casa de Moneda y el alza de la plata, sus negocios
se resintieron, los comerciantes y mineros atravesaban por una situación
muy critica.
Como último recuerdo de mi hijo, guarde un vestidito suyo. Pero
un día sentí que el Señor me pedía el sacrificio
de desprenderme de el y, armándome de valor, lo pise primero
haciéndome el cargo de que pisoteaba el recuerdo de mi hijo;
después, sangrándome el corazón, llame a un niño
pobrecito, le puse el vestido. Al ver que se alejaba, sentí como
si me arrancaran a mi hijo. Días después, oí la
voz del Señor: ¿A quien quieres ver de los dos, a tu hijo
Carlos o a mí? Al fin madre y con aquella herida tan reciente,
no hallaba que contestar. Por fin, triunfando la gracia y sacrificando
mi corazón, le dije: A ti, a ti te quiero ver, aunque a él
no lo vea sino hasta la eternidad.
No tenía ni un mes de muerto Carlitos, cuando vino a consolarme
el nacimiento de mi hijo Ignacio, que fue el 8 de abril. Pero un hijo
no puede ser sustituido por otro hijo. Llevo en mi corazón la
llaga viva del que voló al cielo.
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