EL ÚLTIMO BESO
Fue un día de fiesta para San Luis Potosí, aquel 14
de febrero de 1885. El nuevo obispo, Don Ignacio Montes de Oca y Obregón
llegó directamente al Santuario de Guadalupe en su vistoso
carruaje, que había pertenecido al Emperador Maximiliano. Entonó
la Salve y volvió a su carruaje.
Mi tío el padre, que durante la sede vacante había estado
al frente de la diócesis, me contaba que el insigne prelado,
hijo de una acaudalada familia de mineros de la ciudad de Guanajuato,
se había educado desde los doce años en Europa. Maximiliano
lo nombró Capellán de la Corte, y el papa Pío
IX lo consagró obispo en 1871, cuando apenas tenia treintaiiun
años. Fue el primer obispo de Tamaulipas. Ocho años
después, lo translada¬ron a Linares, de donde ahora llegaba
para ocupar la sede episcopal de San Luis Potosí que regiría
por mas de 36 años.
La ciudad vestía sus atavíos de gala. Damas de la mejor
sociedad arrojaban flores al paso del ilustrísimo señor
que recorrió la Calzada de Guadalupe hasta la
Plaza de Armas, precedido de numerosos caballeros y seguido de carruajes.
La música, los cohetes, las campanas a vuelo avivaban el entusiasmo.
Es un obispo notable por sus virtudes y talento, comentaba mi tío.
Habla siete idiomas, escribe poesía, traduce a los clásicos
griegos, se cartea con los escritores más famosos de México
y España, posee la biblioteca particular mas rica del país,
es un gran orador, ya tendrás oportunidad de oírlo.
Dicen que es fastuoso como un príncipe y desprendido como un
Francisco de Asís.
Mis papas, mi esposo, toda la familia presenciamos en la catedral
la grandiosa ceremonia. Entro el señor obispo bajo palio, la
figura solemne y amable, luego tomo posesión de la diócesis
y predico con palabras elocuentes y galanas. En seguida pasamos a
besar su anillo al Palacio Episcopal, que entonces estaba en lo que
fue la Real Caja, por donde desfilaron las autoridades, los gremios
y las corporaciones.
Que cosas pasan en la vida. El día de mi boda, entre a aquella
casita de la calle de La Cruz, llena de flores y luces, llena también
mi alma de ilusiones y dicha. A los nueve meses, salía a la
mediañoche con el susto terrible de un incendio, y no volví
mas a ella.
Nos cambiamos a una casa situada en el costado sur de la Plazuela
de San Juan de Dios (hoy calle de Los Bravo) -pues entonces no tenían
nombres las aceras que limitaban las plazuelas-, y a unos cuantos
pasos donde vivían mis papas. Era una casa grande de dos pisos,
quizá demasiado grande para los dos. Por los balcones del segundo
piso, de hierros forjados, a veces me asomaba a ver el templo, los
árboles, el cielo intensamente azul. Pasaban pájaros,
sonaban las campanas del Ángelus.
A los pocos días de vivir en esta casa, nació mi primer
hijo, el 28 de septiembre de 1885. Desde antes que naciera y cuando
por primera vez lo tuve en mis brazos, lo consagre a Dios con todo
mi corazón. Señor, que sea siempre tuyo. Yo no acababa
de saborear la gracia de ser madre, transmisora de vida, elegida por
Dios para darle nuevos hijos que lo amaran.
Los abuelos alborozados vinieron enseguida a conocer al niño,
a llenarlo de besos, a preguntar lo de siempre ¿A quien se
parece? para engarzar la segunda pregunta de rigor: ¿que nombre
le van a poner? Francisco, como su padre, lo bautizara el tío
Luis y sus cuatro abuelos serán los padrinos.
Estaba yo entretenida con el niño, que tenia seis meses de
nacido, cuando vinieron a avisarme que a mi do Luis le había
dado un dolor muy violento y se quejaba mucho. Entonces me fui a verlo.
Le comencé a hablar de los sufrimientos de Jesús, de
la paciencia que debía tener, el pobrecito no volvió
a quejarse. Viendo que se agravaba por momentos, le quite rápidamente
la venda de los pies, pues padecía de gota, y lo sentamos a
la orilla de la cama para que el señor canónigo Bernabé
Alcocer le administrara los santos oleos. Mientras rezábamos
la recomendación del alma, murió aquel 8 de mayo de
1886. Le cerré los ojos. Lo llore como a mi segundo padre.
Seria a finales de este mes, probablemente el día 30. Toda
esa tarde había pedido al Señor con todo mi corazón
que se dignara sacudir mi espíritu, que me diera un golpe de
gracia con el que se conmoviera todo mi ser. Tenia hambre de unión
con Dios, de perderme a mí misma y de encontrarlo a El.
Llego la noche y me recogí. No se cómo se iluminó
el aposento, vi muchas nubes luminosas y, entre ellas numerosos ángeles
bellísimos con una hermosura sin nombre. Irradiaban dentro
de aquella blanquísima luz, mas blanca de la que conocemos.
De pronto me volví hacia los pies de la cama y vi a mi do radiante
de gloria y de dicha, con una vestidura blanquísima. Mira,
me dijo, que dichoso soy, pasa por alto las cosas del mundo. No puedo
decir cuanto tiempo duro esto. después, todo se fue desvaneciendo
y volvieron a aparecer los objetos de mi habitación, tal cual
eran. Me quedo una tristeza especial, pena, gozo, dicha, no se que
conjunto de sentimientos que me hicieron sollozar.
Pocos días después, al estar rezando sentada en la cama,
antes de acostarme a oscuras, voy viendo al Corazón de Jesús
rodeado de llamas movibles que tenían fuego y luz. No se lo
que sentí, ganas de llorar y de amar. Como no. Me acosté
muy impresionada y a nadie se lo conté.
El 28 de marzo de 1887 nació mi segundo hijo, Carlos. Ese mismo
día lo bautizo mi confesor el canónigo Francisco Pena.
Señor, tú sabes lo que haces con el, es mas tuyo que
mió. Ayúdame a cuidar estas vidas que has puesto en
mis manos.
Aunque era felíz con mis hijos y mi marido, sentía una
terrible decepción pensando que por estar casada, no podía
ser toda de Dios. Quería santificarme y no sabía como,
buscaba un director que me guiara y no lo encontraba. Al atardecer,
iba al templo de San Juan de Dios y ahí, cerca del sagrario,
desahogaba mi corazón. El año anterior había
sentido por primera vez la vocación religiosa, pero comprendía
que ya era tarde y que tenia que vivir en el matrimonio una vida de
abnegación y martirio sin que nadie se diera cuenta. No podía
llevar el traje de religiosa, pero el espíritu, por que no?
¿Por que, aun en medio del mundo y de mis obligaciones de esposa
y madre, no había de llevar a Jesús en mi corazón?
Así fue como me aliste en la Orden Tercera de San Francisco
para estar mas cerca de Dios y tener algún tinte de religiosa.
El 15 de octubre de 1887, día de Santa Teresa de Jesús,
a quien siempre he tenido particular simpatía, hice los tres
votos de pobreza, castidad y obediencia. Nadie lo supo, solo Dios
y mis santos patronos. Fue un día felíz.
Toda la familia estábamos felices por la inauguración
del Ferrocarril Nacional Mexicaño, de Nuevo Laredo a la ciudad
de México, que cruzaba precisamente por nuestra hacienda de
Jesús María, así no dejaba de preocuparnos la
salud de papa cuya bronquitis se había agudizado cada vez mas.
El primero de noviembre de 1888, la ciudad entera fue a la estación
a recibir al presidente de la república, Don Porfirio Diaz,
que venia acompañado de su esposa, ministros del gobierno y
representantes diplomáticos. Le hicieron los honores una batería
de artillería, la música de los regimientos, el desfile
de las tropas y el repique de todos los templos. Por la noche, frente
a la casa donde se hospedo, desfilaron las colonias extranjeras, los
gremios de obreros, los estudiantes y el pueblo con faroles venecianos
y luces de Bengala.
La sociedad potosina le obsequio con un baile en La Lonja. Mi hermano
Octaviano me contaba que con anticipación habían entregado
al presidente y a su comitiva, credenciales de socios para que pudieran
entrar a La Lonja, según lo establecían los estatutos
y que, como el presidente no llego a la hora reglamentaria, ocupado
como estaba en presenciar el desfile de antorchas, el bastonero ordeno
que comenzara el baile.
Cuando por fin llego el presidente, se suspendió la música
y toda la concurrencia se puso en pie. Don Porfirio se veía
imponente con su uniforme de gala, cruzado el pecho de bandas y condecoraciones,
Dona Carmelita, su esposa, lucia un fastuoso vestido blanco y un aderezo
de perlas y esmeraldas.
Papa esperaba la muerte con Paz y fortaleza. El mismo arreglo el altar
para el Viático, nos pidió perdón por el mal
ejemplo que nos hubiera puesto, luego nos fue dando, a cada uno de
sus hijos, un abrazo, un beso, un consejo.
Yo no me despegaba de su cama ayudándolo a bien morir y dominando
la tristeza como si se tratara de un extraño. Recibió
todos los auxilios rodeado del señor obispo Montes de Oca y
varios sacerdotes. El último beso fue para mi. murió
a los 64 años, el 12 de noviembre de 1888. En su testamento
nos había encargado por obediencia, que lo enterráramos
sin ponerle lapida, ni piedra, ni nombre, solo una Cruz. Así
se hizo con pena de todos.