CAPITULO
VII
TU
ESPOSA SERA COMO VID FECUNDA
-Que honor tener a Su Señoría en esta su casa.
Mis papas se adelantaron a besar la maño del señor canónigo
Francisco Pena a quien mucho estimaban por su rectitud y austeridad.
Oriundo de Santa María del Río, era entonces el penitenciario
de la catedral. Dedicado a su ministerio y a la investigación
histórica, preparaba un libro sobre la historia de San Luis
Potosí, que seria el primero en su genero, elaborado con el
método y rigor con que el escribía.
-No me agradezcan la visita, ya se imaginan el asunto que me trae.
Como ustedes saben, Conchita se confiesa con este servidor. Yo le
he aconsejado que, después de casi nueve años de noviazgo
con Pancho Armida, es conveniente que se case, puesto que ambos se
quieren y se conocen lo suficiente. Dios los ayudara a formar un hogar
cristiaño como el de ustedes. Por eso vengo ahora, a nombre
de la familia Armida, a pedir la maño de su hija.
Mamá no pudo contener el llanto. Papa me pregunto: - ¿Que
dices tú, Concha? ¿Estas dispuesta a casarte?
-Si, papa, tú sabes que quiero a Pancho porque es muy bueno.
-Si esa es tu decisión, nosotros estamos de acuerdo. Solo que
suplicamos un plazo de seis meses para la boda. Ya Su Señoría
tendrá la bondad de comunicarlo a los señores Armida.
Era el mes de marzo de 1884.
Estaba yo segura de mi elección al matrimonio, no solo porque
nunca oí hablar de la vida religiosa ni de las excelencias
de la virginidad. Dios me quería esposa y madre. Yo lo anhelaba
también, así por el amor que profesaba a Pancho como
por el vivo deseo de tener muchos hijos que amaran a Dios mas y mucho
mejor que yo. Pensaba, además, que en el matrimonio tendría
mayor libertad para hacer mis penitencias.
No hay día que no se llegue ni plazo que no se cumpla. A mediañoche
me levante a rezar la hora de quince a la Santísima Virgen
para consagrarle mi hogar. Así llego el día de mi boda,
8 de noviembre de 1884. A las 6 de la mañana, Pancho y yo fuimos
a comulgar al templo de San Juan de Dios, pues entonces los novios
comulgaban antes de la misa nupcial. Mamá y mis hermanos me
ayudaron a ponerme el vestido blanco. Te queda como pintado, Concha.
Me arrodille ante mis papas para pedirles la bendición que
me dieron entre lágrimas. Mis amigas me platicaban que el día
de su boda no cabían de gusto. Yo, en cambio, sentía
una tristeza interior, un no se que de miedo, un sufrimiento indecible.
Cruzaban por mi alma comos nubes negras y decía para mi misma:
¿Me arrepentiré? ¿Por que en vez de sentirme
dichosa, algo oprime mi corazón? Me hice ruido para distraerme
y me fui al altar.
Llegamos en carruaje al templo del Carmen, uno de
los monumentos más esplendidos del arte barroco del país,
donde seria la ceremonia a las 8 de la mañana. En el atrio
estaba toda la sociedad potosina, así por la simpatía
de que gozaba mi familia como por la expectación de verme vestida
de novia.
Se ve guapísima, comentaban los invitados. El vestido es precioso,
remata en un amplio olan. Mira el tocado de azahares, es una lluvia
de azahares que le cae desde la frente, y el velo como un torbellino
de gasa, y los magníficos aretes, y la cruz de brillantes al
cuello. Pancho de riguroso frac, los espesos bigotes de moda.
Cuajado de flores blancas, llameaban los retablos dorados del templo.
La Portada de los Arcángeles que da acceso al Camarín
de oro de la Virgen, vibraba al golpe de la luz con sus formas retorcidas,
sus quiebros caprichosos, entre estalactitas y alas de ángeles,
la portada más fastuosa de América.
Mi tío, el padre Luis, oficio la santa misa que oímos
con mucha devoción. "Tu esposa será como vid, fecunda,
tus hijos como renuevos de olivo alrededor de tu mesa. Levántate,
amada mía, hermosa mía, ven a mi. Paloma mía
que anidas en los huecos de la pena, en las grietas del barranco,
déjame ver tu figura, déjame escuchar tu voz, porque
es muy dulce tu voz, y es hermosa tu figura. El amor es comprensivo,
el amor es servicial y no tiene envidia, disculpa sin limites, cree
sin limites, espera sin limites. El amor no pasa nunca".
La orquesta preludiaba la marcha nupcial. Salí del templo del
brazo de mi esposo. Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.
Estuvo animadísimo el banquete, celebrado en la Quinta de San
José. después que el canónigo Anastasio Escalante
pronuncio el brindis, me acerque a Pancho, sin que nadie más
me oyera: Te pido dos cosas, que me dejes ir a comulgar todos los
días y que no vayas a ser celoso. Te lo prometo, Conchita.
Los novios iniciaron el baile en medio de los aplausos de la concurrencia.
A media tarde, antes que terminara la fiesta, me llamo mi hermaño
Octaviaño. Vámonos de una vez, los voy a llevar a su
casa antes que mamá se de cuenta, así le evitamos la
pena de la despedida. Salí callada y llorando. Aunque Pancho
me consolaba, yo sufría mucho por ir sola con el.
Llegamos a nuestra casa, situada en la calle de La Cruz (hoy calle
5 de Mayo), muy cerca de la Plaza de Armas. Estaba toda iluminada
y llena de rosas blancas. Ya me habían platicado que la casa
era una tacita de plata, que Pancho la había arreglado cuidando
con esmero todos los detalles. Ven, Conchita, para que conozcas pieza
por pieza, mira los muebles, los candiles, la vajilla, ¿que
te parece? Pancho estaba felíz. Yo en cambio, no cesaba de
llorar.
Mi esposo era todo un caballero, recto y honrado, inteligente y trabajador,
sencillo y metódico, muy hombre de hogar, correcto en el vestir,
fino en el trato, sensible a cualquier desgracia. Conmigo fue siempre
respetuoso y cariñoso. Aunque yo nada valía, dejaba
que eligiera a mi gusto cuando hacíamos alguna compra, me platicaba
de sus negocios, tomaba mi opinión. Nunca leía lo que
yo escribía, a veces me encontraba escribiendo mi cuenta de
conciencia. Son cosas del espíritu que tu dices, Concha, y
no entiendo nada de eso. Le gustaba verme elegante, porque yo vestía
de lo más sencillo.
-Adórnate, Concha, dirá la gente que no te doy dinero.
-Pero ya ves como son erróneos los juicios de los
hombres.
Nunca quería ir solo a las fiestas, tenia que condescender
con el y acompañarlo al teatro y a los bailes, aunque yo procuraba
tenerle todo en casa para que no buscara diversiones fuera. Me cansaba
mucho el mundo. Un día íbamos a un baile, porque en
San Luis se acostumbraba mucho bailar, se dio cuenta que me estaba
arreglando sin luces ni espejo.
-Válgame Dios, Concha, no pareces mujer.
Convéncete, Pancho, quedo igual de fea con espejo que sin espejo.
Claro que teníamos las dificultades normales de cualquier matrimonio.
Pancho era muy violento, pero igual que la pólvora, luego pasaba
el fuego y se contentaba. Con el tiempo cambio tanto que hasta su
mamá y sus hermanas se admiraban. Era la gracia de Dios, y
el continuo limarse el pobre con esta lija y duro pedernal.
Cuando se disgustaba, yo guardaba silencio o de rodillas le pedía
perdón por mis imprudencias y faltas de tino. Era algo celoso,
alguna vez me hablo golpeado, como decimos los mexicanos. El problema
se agravo porque no falto quien me calumniara en mi honra. Me vi en
situaciones tirantísimas con esa persona que, aunque buena
en el fondo y tal vez sin pensarlo, daba ocasión a celos e
historias de esta clase.
Mi suegro siempre me estimo. Hacia mucho que no frecuentaba los sacramentos
y, a fuerza de rogarle, logre que se confesara. Mi suegra me confeso
que no me quería nada, fui conquistando poco a poco su afecto
al grado que después me defendía con mi marido, me buscaba,
yo le hablaba de Dios, le explicaba algunas meditaciones como podía
y, como era un alma tan buena solo que sin cultivo, todo le caía
bien.
Mis cunadas me juzgaban como una mujer inútil, hipócrita
y de mal gusto. Nada de lo que yo hacia les agradaba, con el agravante
de que algunas veces mi marido les daba la razón.
Yo procuraba alabarlas siempre y, si tenia algo que sentir de ellas,
jamás se lo decía a mi esposo, no por virtud, sino por
conservar la paz, aunque todo se lo ofrecía al Señor
que me brindaba ocasiones de humillarme a montones y servir de suelo
en donde todos pisaban. Mi confesor nunca me dejo besarles los pies,
como yo quería, para machucar mi orgullo. El amor disculpa
sin limites, espera sin limites.