CAPITULO
III
YO
SOY DE SAN LUIS POTOSI
Esta es mi ciudad, asentada en un valle inmenso y piaño
que limitan, azules y lejanas, las sierras de San Miguelito, Escalerillas
y Bocas y, al oriente, los cerros de Portezuelo, Cuesta de Campa y
San Pedro, cuyas ricas minas de oro y plata dieron origen, el 3 de
noviembre de 1592, al pueblo de San Luis Minas del Potosí,
así llamado en recuerdo de las famosas minas de Bolivia.
Dicen que fue tanto el oro y la plata que recibió de San Luis
Potosí la Corona de España, que el rey Felipe II le
obsequió unos carones de la guerra de Lepanto, con que después
se fundieron las campanas de la Iglesia parroquial, que ahora es la
catedral.
A la puerta de la iglesia parroquial, que esta frente a la Plaza de
Armas, salió el padre Manuel del Conde, a celebrar el matrimonio
de mis papas. Delgado, de figura ascética y distinguida, todo
San Luis lo quería por su bondad y lo admiraba por su cultura.
Hijo de esta ciudad, había sido rector del Colegio Guadalupaño
Josefino, párroco de la parroquia de San Luis Potosí
y ahora de la de San Sebastián. Seria preconizado segundo obispo
de esta diócesis en 1869.
-Señor Don Octaviaño Cabrera y señorita Doña
Clara Arias, ¿deseáis contraer matrimonio en faz de
la Iglesia por vuestra libre y entera voluntad?
Papa tenia 24 aros, mamá 17. El padre Manuel del Conde, precedido
de ciriales y cruz alta de plata, los condujo hasta el pie del altar
para la misa de velación.
Desde la torre, los monaguillos echaban a vuelo las campanas sin reverencia
cual ninguna por el bronce de Lepanto y la plata del Cerro de San
Pedro, mientras el carruaje de los novios enfilaba al nuevo hogar,
contraesquina del templo de San Juan de Dios, a escasas tres cuadras
de la Plaza de Armas.
El virrey don Luis de Velasco, en 1611, concedió licencia -ratificada
luego por el obispo de Michoacán a donde pertenecía
la parroquia de San Luis Potosí- para la construcción
del esplendido hospital de San Juan de Dios que ocupo el costado norte
de la Plazuela del mismo nombre. Diez religiosos juaninos, un sacerdote
y un cirujaño atendían con mansa solicitud a los enfermos,
pobres o pudientes, indios o españoles que concurrían
de diferentes partes. Cuando yo nací, el hospital se había
convertido en Aduana.
Contiguo al hospital, se comenzó a construir en 1615 el templo
de San Juan de Dios, de una ola torre y una sola nave con capilla
anexa y una austera fachada de mampostería. Los fieles ponderaban
la riqueza de sus ornamentos, lámparas y servicio de plata.
En torno a esta Plazuela de San Juan de Dios giro la vida de mis papas
y hermanos, de mi esposo y de mis primeros seis hijos, ahí
viva yo casi 33 años, desde mi nacimiento hasta que nos fuimos
a radicar a la ciudad de México.
Era entonces una Plazuela de tierra suelta, una fuente
de cantera en el centro y unos cuantos árboles. Vecinos del
lugar eran don Ignacio Gómez, las señoras Teranes que
solían pasar temporadas en su hacienda, don Othón González
que era corredor y comisionista, don Andrés M. González,
corredor titulado y agente de transportes y comisiones de mercancías.
Por los años ochentas, ahí estaba "La Castellana",
gran deposito de maderas de todas clases, de don Marcelino Muriel;
la botica de "La Caridad" de don Ismael
Salas, la botica del abogado Indalecio Rodríguez y Cos y, en
la esquina de la Plazuela y Calle de La Lotería (hoy de los
Bravo), la Oficina de Telégrafos.
Gracias a su ubicación, casi en el centro de la ciudad, y a
las oficinas públicas y comercios, la Plazuela era muy concurrida.
Los domingos se instalaban ahí las atoleras y tamaleras con
sus grandes ollas perfumadas y apetitosas, y el vendedor que colocaba
sobre una tijera de madera, aquella deliciosa fruta de porno, los
polvorones, las rosquillas, los gaznates, los acanelados que las señoras
del rumbo venían a comprar para la merienda.
Una o dos veces al aro, llegaban a la Plazuela los juegos de loterías,
ruletas y chuzas, que hacían nuestras delicias de niños.
Como recuerdo aquella bendita casa de mis papas, contraesquina del
templo de San Juan de Dios, situada en la Calle de Suárez número
2, que posteriormente se llamaría de Juárez (hoy, de
Álvaro Obregón).
En esta calle que era una de las principales de la ciudad, estaba
el Beaterio o colegio para niñas pobres con su templo dedicado
a San Nicolás Obispo, de hermosos altares sobredorados; mas
adelante, el Instituto Científico y Literario que ocupaba el
edificio del antiguo colegio de los jesuitas adjunto al templo de
La Compañía.
Nuestra casa era una casa típica de San Luis Potosí,
de fachada sobria y armoniosa, dos ventanas a cada lado del portón.
El patio con su arquería de cantera, cuadrado, soleado, oliendo
a hortencias y begonias. Entre sus jaulas, los canarios pintaban de
oro la mañana. Al centro estaba el comedor con sus aparadores
para la vajilla y la cristalería. Las habitaciones de gruesos
muros de adobe, frescas, ventiladas. Rojos de tan limpios, los ladrillos
de los pisos. A un lado del zaguán, la sala, entrecerrada casi
siempre. Niños, no entren a la sala, nos decía mamá.
Se abría por las noches cuando venían visitas y se encendían
los candiles y los quinqués de las consolas. Conchita, ven
a tocar el piaño a los señores. Desde sus óvalos,
colgados en la pared, parecían sonreírnos los viejos
retratos de la familia.
En esa casa nací, de ahí salí para casarme, ahí
murió papa y mis pequeños hermanos Carlota y Constantino.
Me se de memoria las campanadas de San Juan de Dios.
Mamá era de mucha energía, de un alma muy grande, de
mucho sacrificio, de un sentido practico admirable, muy instruida,
de una inteligencia muy clara y perspicaz. Era una Santa. Quedo huérfana
de dos años y sufrió mucho. Me quería con predilección.
Aunque había sobrada servidumbre, siempre andaba en los quehaceres
de la casa, la comida, las macetas, el bordado, sobre todo la atención
a papa y la educación de los hijos.
Papa era de carácter alegre, franco, violento, aunque luego
se apagaba. No podía ver una necesidad sin remediarla, que
generoso con los pobres. En las haciendas, rezaba el rosario con la
familia, los peones y la gente del campo. Cuando estábamos
en San Luis, salía por las mañanas a arreglar sus asuntos,
la levita de rigor, la
chistera y el bastón que movía con elegancia, la leontina
en el chaleco adornada con una leopoldina de oro, ah, los tupidos,
espesos bigotes que entonces se estilaban
Fuimos doce hermanos; Manuel, Octaviaño Baldomero que me tuvo
especial afecto, Emilia, José, Luis, Juan, su servidora Concepción
que fue la séptima de la tribu, Primitivo que seria sacerdote
jesuita, Clara, Carlota, Constantino y Francisco de Paula. Los doce
nacimos en San Luis Potosí.
Cuando las fiestas de los siete barrios que forman la ciudad, íbamos
de paseo a admirar las huertas de Tequisquiapan; las danzas de moros
y cristianos de Santiago del Río; el desfile de marmotas y
figuras gigantescas de Tlaxcalilla; las entradas de cera de San Miguelito,
precedidas de tambor y chirimía; los fuegos artificiales de
San Sebastián; o saboreábamos en San Juan de Guadalupe
las gorditas de cuajada, las biznagas y los calabazates, el camote
tatemado y las chancaquillas; y en el MonteciIlo, las tunas cardonas,
las blancas, las amarillas, todas jugosas y azucaradas.
Recorríamos las calles de la ciudad deliciosamente estrechas
admirando las fachadas de cantera color de rosa de los palacios y
las residencias, sus puertas claveteadas, los nichos de piedras cinceladas
como si fueran encajes, las cúpulas entre guías de palomas,
los retablos dorados y fastuosos de los templos.
Los domingos por la tarde salíamos en un landó, en un
cabriole, yo iba con aquel vestido azul de mangas ampulosas y mi hermana
Emilia con un sombrero con pájaros y flores. Recorríamos
las plazuelas, los templos del centro y luego, en largo trote de aquellos
hermosos troncos, pasábamos por la Caja del Agua, nos deteníamos
a ver su delicada estructura neoclásica y seguíamos
al Santuario de Guadalupe hasta que empezaba a pardear y sonaba, lejos,
el Angelus en todas las iglesias.
Ay, decía mamá, lo mas hermoso de San Luis Potosí
es su cielo, que hondo, que intenso azul.