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FELIZ TRES
DE MAYO
-Panchito, Manuelito, Conchita, Nacho, Pablito, vengan todos a conocer
a su nuevo hermanito. Los niños se apiñaron alrededor
de la cuna, los ojillos inquietos, ávidos. A ver, mamá,
quiero verlo. Panchito ya me quito el lugar, no veo nada. Déjame
tomarlo en brazos. No, niña, no lo vayas a tumbar. Papa, ponle
Federico. Que bonito esta, mamá. Aquel 19 de junio de 1896.
Cada vez que. tengo un hijo, me inunda una alegría como de cielo.
Tiene mi misma boca, los ojos son los mismos de mi esposo. Yo no se,
desde que viene un hijo, parece que llena la casa y el corazón.
Y lo mejor es que a cada nuevo hijo, Pancho y yo nos queremos más
y se me avivan las ganas inmensas de ser una madre santa, desde que
el niño llorón alborota en la casa. Gracias, señor,
tendrá tu nombre, se llamara Salvador. Jesús, Salvador
de los hombres, sálvalos.
No se como he podido llevar tres clases de vida: la vida de familia
con deberes tan grandes de esposa y madre, criados y casa; mi vida espiritual
que me compromete a la oración, la penitencia, la practica de
las virtudes, la imitación de Jesús; y la vida de las
Obras de la Cruz que suponen una entrega total, el Apostolado de la
Cruz, el Oasis, el trato con sacerdotes y obispos, la correspondencia
epistolar, las inquietudes y los triunfos. Y todo esto realizado con
la mayor prudencia. Ni mamá, ni mis hermanos, ni siquiera mi
esposo saben lo que el señor ha hecho en mí, no se imaginan
que El me habla, me pide, me impulsa. Los únicos que están
en el secreto son el padre Mir y el señor Ibarra.
Nadie se ha percatado tampoco de mis penitencias, los cilicios que use
día y noche, la corona de espinas, la oración que practico
diariamente tirada sobre un haz de espinas que me penetran la espalda;
y luego las penas interiores con que me prueba el señor, la sequedad,
la aridez, los escrúpulos, las tentaciones, las dudas terribles,
sobre todo la desolación y el desamparo. He martirizado mi cuerpo,
Dios ha martirizado mi alma.
Es el precio por extender su reino. La Cruz del Apostolado se levanta
en el Sagrario de la Catedral de México y en numerosas diócesis,
solo en la capital existen veintidós mil socios.
-Padre Mir, ¿no cree que ha llegado el momento de fundar las
religiosas de la Cruz?
A mi petición, el padre comenzó luego a escoger entre
las socias del Apostolado de la Cruz las que sobresalían por
su piedad y virtud y daban al mismo tiempo indicios de vocación.
así logro reunir un pequeño grupo de jóvenes a
quienes instruía y formaba en la vida espiritual, incluso se
pensó que Ana Valdés podría ser la superiora.
A finales de ese año, 1896, el señor me dijo:
-Quiero que pidas ser admitida en la Religión del Oasis, pues
aun cuando para mí eres el cimiento, quiero también esta
formula exterior.
-Señor, ¿no será esto tan solo un capricho mío,
un deseo de realizar lo que tanto he deseado?
-¿Y quien ha puesto en el fondo de tu alma esta inclinación,
este deseo, sino yo?
-Pero, ¿es posible una religiosa casada? ¿Donde se ha
visto cosa igual? ¿Como cambias tu las leyes. establecidas?
-Yo soy el dueño de las criaturas y de las leyes. ¿No
puedo acaso singularizar a la mas miserable de ellas, si me place? Esto
no impedirá que cumplas tus obligaciones de esposa y madre.
-¿Y cómo llevo ese habito que no me lo vean, mi Jesús?
-Ya pondrás tú los medios, obra con prudencia. -Ay, que
trazas del señor.
El 17 de enero de 1897, fiesta del nombre de Jesús, que entonces
era movible, me puse el habito que yo misma había hecho en medio
de una lucha indecible entre mi indignidad y la dicha tan deseada. Yo
que nunca me veo en el espejo, ahora silo use para verme de cuerpo entero
vestida de religiosa. Que cosas, Dios mío. Y ser esto una realidad.
Me fui a la Colegiata de Guadalupe llevando encima del habito mi vestido
de casa y ahí, ante la imagen de María que pintaron los
ángeles, el padre Mir me impuso el velo. Que este velo te esconda
de toda mirada humana, me dijo el señor, te quiero escondida
en Dios. Fue el día mas felíz de mi vida.
Los siguientes días, el señor me hablo varias veces descubriéndome
una gracia que deseaba conceder a esta pobre perrilla; gracia a la que
yo debía prepararme con purificaciones y desolaciones. Como es
Jesús, como poquito a poco va diciendo las cosas. Y uno embobado.
Que vivo es.
-Hija mía, te persigue el Verbo.
- ¿Como es eso, señor? ¿Pues que no soy ya tuya
y toda?
-Quiero unos desposorios muy altos con tu alma. Purifícate por
medio de la crucifixión. Necesito tu voluntad. El Verbo se hizo
carne por tu amor. No me niegues lo que te pido.
-Si, Jesús mío, seré toda tuya sin detenerme, ayudada
de tu divina gracia, pues veo venirse encima de mi un monte de cruces.
-El desposorio será con el Verbo, porque quiere darte su misma
cruz. Serás la esposa del Crucificado. ¿Entiendes ahora?
-Ya no me toques el punto, Jesús, ya te he comprendido. Lo que
tu quieras.
Así llego el 9 de febrero. Acababa yo de despertar y estaba todavía
el la cama invocando a la Santísima Trinidad.
-Levántate, me dijo Jesús, aquí esta el Padre y
el espíritu Santo. Han venido porque quiero presentarles a tu
alma como mi prometida.
No pude menos que echarme al suelo y con la frente pegada ahí,
humillarme y confundirme sintiendo la presencia de las Tres Divinas
Personas.
El arzobispo de México y el Visitador Apostólico Nicolás
Averardi aprobaron con gusto la fundación de las Religiosas de
la Cruz. Y el dinero para lo que ella suponía? No faltara el
señor. Por esos días, como llovido del cielo, llego de
San Luis mi hermaño Octaviaño y, enterado de mis apuros,
aunque ignorando el origen de todo esto, se ofreció a acompañar
a Ana Valdés para buscar una casa donde se instalara la naciente
comunidad.
Ya puedes estar tranquila, me dijo Octaviaño, después
de ver numerosas casas, por fin encontramos una en el barrio de Popotla,
calle de los Tres Árboles numero 24, es una casa sencilla, pero
mas o menos adecuada a las necesidades, aunque la renta sea un poco
alta, cobran cien pesos al mes. Tampoco te preocupes por los muebles,
yo presto el dinero necesario.
también yo debía preparar mi alma para el día grande
de la fundación, y así hice unos ejercicios espirituales
de mes; el señor, por su parte, me preparó con unas desolaciones
espantosas, desamparos crueles, luchas mil y horribles oscuridades que
me llenaron por aquel tiempo. Padre, Padre, mírame, ,por que
me has abandonado?
-Sufre, hija mía, mi religiosa, sufre este martirio que yo permito,
pobrecita. Pero entonces, ¿cómo se fundaría este
asilo de pureza?
El 3 de mayo de 1897, fiesta de la Santa Cruz, fue la fecha señalada
para inaugurar la nueva congregación. El padre Mir celebró
la misa en la Capilla de la Virgen del Perpetuo Socorro, muy cerca de
la casa que ocupaba la comunidad. Era una capilla pobre, las paredes
de madera, el techo de teja. ahí estuve con mi esposo y mis hijos,
muchos padrinos y madrinas y las cuatro primeras postulantes: Ana Valdés,
la superiora, María Albarrán, María Álvarez
Icaza y Paula Morales.
De ahí nos trasladamos a la Capilla de la Casa que presidía
la imagen de la Virgen de Guadalupe y la Cruz del Apostolado. Entonamos
el himno del espíritu Santo, luego el Padre Mir nos dirigió
una platica en la que explicó los fines de las Religiosas de
la Cruz y escuche de sus labios la palabra Oasis, que yo le habla repetido
quedito cuando el señor la dijo; el Oasis que será mas
que un consuelo, el descanso del Corazón de Jesús donde
reinara la virtud de las virtudes, la caridad. Des pues cantamos la
letanía en honor de la Virgen de Guadalupe, que es la Patrona
del Oasis, para concluir con el himno a la Cruz del Apostolado.
Mientras se cantaba la letanía, hice profesión perpetua
de pobreza, castidad y obediencia ofreciéndome como victima para
la inmolación que Jesús quisiera. señor, creo que
a tus oí os ya soy religiosa de la Cruz, creo que algún
día lo seré también externamente.
Concluida la ceremonia, se sirvió el desayuno. Tuve la dicha
de desayunar en la cocina. Oh, si me fuera dado vivir sirviendo a las
esposas del señor.
Antes de dejar la casa, sin que nadie se diera cuenta, el padre Mir
me impuso aquel Crucifijo sin cruz que yo había comprado en una
mercería de San Luis y que
siempre llevaba conmigo. Este Crucifijo sin cruz, me explicaba el padre
Mir, significa que tú debes ser la cruz donde Jesús viva
crucificado, el altar donde continúe sacrificándose para
gloria del Padre y salvación de los hombres.
Feliz tres de mayo en que nació para la Iglesia el Oasis del
señor, el descanso del Amado, el Nido del espíritu Santo.
Tenia yo entonces 34 años de edad, 12 de casada, 6 hijos y uno
mas en el cielo.
Que alegría el 16 de julio, cuando asistí con mi hermaño
Octaviaño a la toma de habito de las primeras novicias que me
recordaron aquella inmensa procesión de personas que yo había
visto, años atrás, vestidas con los mismos hábitos
y la cruz roja sobre el pecho. El señor Ibarra impuso a las novicias
los velos, los anillos y las coronas.
Que santa envidia, señor, tu no me das lo que a estas almas.
No llores, me contestó, así conviene, tu también
eres mía.
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